El Origen
Antes que nosotros, otros trabajaron esta tierra. Este vino es nuestro homenaje.
En las laderas de Pradilla, a los pies del Castro de Finolledo, la historia del Bierzo se mide en capas de hierro, carbón y raíces centenarias.

El nombre: COSSO
Un dios guerrero, enterrado bajo las viñas.
Durante el trabajo en el viñedo aparecieron numerosas escorias —restos de carbón y hierro— que conectan estas parcelas con el antiguo Castro de Finolledo, un asentamiento astur que más tarde fue romanizado. El castro se alza frente al paisaje que mira hacia Las Médulas, uno de los grandes símbolos del territorio.
Este hallazgo me hizo pensar en todas las personas que, mucho antes que nosotros, trabajaron estas tierras. Buscando referencias históricas del lugar, encontré el nombre de COSSO: una antigua divinidad guerrera venerada por los Gigurros, el pueblo astur que habitó este castro. Las escorias de hierro halladas en el viñedo —posiblemente vinculadas a la fabricación de herramientas y armas— reforzaron la elección de este nombre.
COSSO es un homenaje a quienes estuvieron antes. Un vino que lleva inscrito el peso de la historia en cada botella.
La identidad visual
Negro, plata y oro: los colores de la tierra.
La etiqueta de COSSO traduce la historia del territorio en tres colores. El negro representa la tierra del Bierzo y su pasado minero vinculado al carbón. La plata evoca el hierro presente en las escorias encontradas entre las cepas. Y el oro está reservado para el nombre del dios COSSO: un tributo al valor simbólico de la divinidad y a la riqueza mineral de la zona.
Negro · tierra
Plata · hierro
Oro · COSSO
Lacre · Mencía
El lacre rojo que sella cada botella representa el vino y la variedad Mencía, la reina indiscutible de las variedades del Bierzo.


Hermann Heinrichs
Detrás de cada botella, una obsesión.
Hermann Heinrichs dedicó años a consumir, estudiar y entender el vino antes de dar el paso de elaborar el suyo. No buscaba producir en cantidad. Buscaba un viñedo capaz de contar algo que mereciera ser escuchado.
Lo encontró en las laderas de Pradilla, en cinco pequeñas parcelas de monte con cepas centenarias de Mencía, a los pies del Castro de Finolledo. Un lugar donde la viticultura no es un negocio, sino una forma de escuchar a la tierra.
